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viernes, 17 de abril de 2015

CORSARIOS

Durante doscientos años, piratas, corsarios y filibusteros intentaron apoderarse de las riquezas americanas que los galeones de la Flota del Tesoro llevaban hasta España.



En 1507 se confirmó lo que muchos gobernantes europeos ya sospechaban: las tierras a las que había llegado Cristóbal Colón, en Occidente, eran un nuevo e inmenso continente. Así lo afirmaba una introducción a la Cosmografía de Ptolomeo, publicada por la Academia del Vosgo, que recogía la opinión en tal sentido del navegante florentino Americo Vespucio. España ya no podía mantener el secreto acerca de sus nuevas posesiones más allá del océano. Mientras tanto, las informaciones sobre la abundancia de oro, plata y perlas estaban arribando a Sevilla –el único puerto español autorizado a comerciar con aquellos lejanos territorios–, y desde allí se difundían por toda Europa. Aunque la ruta hacia las Indias seguía siendo desconocida, y la Corona española mantenía los mapas y las cartas de navegación a buen recaudo, se habían abierto las puertas de la ambición y la codicia. De hecho, ya en su tercer viaje (1498-1500), Colón había advertido de la presencia de corsarios franceses merodeando por las Azores, y pocos años después el conquistador Alonso de Ojeda tuvo un encontronazo con ingleses cerca de Coquivacoa (en la actual Venezuela). 

El primer asalto

Puesto que navegar sin cartas hacia una tierra ignota era un riesgo difícil de asumir, tanto los piratas particulares como los corsarios al servicio de las naciones enfrentadas a la Monarquía Hispánica establecieron una nueva estrategia: atacar a los barcos españoles y portugueses que regresaban a la metrópoli. De esta forma, el triángulo formado por la península Ibérica, las islas Canarias y el archipiélago de las Azores se convirtió en un terreno propicio para la caza del oro, la plata y las perlas de América. Riquezas que, como el propio continente, se habían reservado españoles y portugueses con la firma del tratado de Tordesillas (1494). El Papado había bendecido este monopolio, que franceses, ingleses y holandeses, excluídos de aquella tierra de promisión, pugnarían por romper.
En la primavera de 1522, el francés Jean Florin, conocido por los españoles como Juan Florín o el Florentino, mandaba una flotilla de barcos piratas que patrullaban las islas Azores en busca de presas. Florín no era nuevo en el oficio: hacía dieciocho años que andaba robando a barcos españoles, venecianos e italianos; en definitiva, a todos los enemigos del rey de Francia. Pero no era realmente un corsario, es decir, no repartía sus ganancias con el monarca francés operando bajo patente de corso; es más, su desfachatez era tal que cobraba 4.000 coronas al soberano por atacar a sus enemigos. Florín sólo obedecía órdenes de sí mismo y únicamente rendía cuentas a su armador, Jean d’Ango, un italiano afincado en Normandía.
Una mañana avistó tres carabelas en el horizonte. Intentó rendir las naves con disparos de advertencia, procurando causar el menor daño para no hundirlas y poder tomarlas al abordaje. Inmediatamente lanzó sus barcos contra dos de ellas, sin percatarse de que una tercera huyó, refugiándose en la isla de Santa María. Días más tarde, la carabela, creyendo segura la navegación, zarpó hacia la Península escoltada por varias naves al mando de Domingo Alonso. Sin embargo, Florín y sus hombres continuaban allí y dieron caza a la carabela y su escolta, hasta que lograron capturarlas a la altura del cabo San Vicente, al sur de Portugal. 
Cuando el pirata subió a bordo su sorpresa fue mayúscula. No se trataba de una mera carabela mercante, sino que transportaba el fabuloso tesoro incautado por Hernán Cortes al emperador azteca Moctezuma tras la conquista de Tenochtitlán. Según el cronista Bernal Díaz del Castillo:«Ochenta y ocho mil castellanos en barras de oro […] fueron muchas joyas muy ricas y perlas, tamañas algunas como avellanas, y muchos chalchiuíes, que son piedras finas como esmeraldas y aún una de ellas tan ancha como la mano». En total, Florin se hizo con 58.000 barras de oro y el tesoro personal del emperador azteca, que incluía su famoso penacho de plumas. Por si fuera poco, se apoderó de otro barco proveniente de Santo Domingo, añadiendo 20.000 pesos en oro y perlas al botín.
La acción de Juan Florín tuvo la virtud de abrir los ojos a las naciones europeas, que tomaron conciencia de las riquezas de Nuevo Mundo. En pocos años, las costas americanas se vieron inundadas de corsarios y piratas, unos intentando resarcir a sus reyes del monopolio español y portugués, otros trabajando por cuenta propia. Dejaban pasar a los mercantes a la ida, para asaltarlos a la vuelta cargados de riquezas. Con el incremento de las capturas se apoderaron también de las cartas con las rutas de navegación, y desde entonces los ladrones del mar ya supieron dónde buscar. 
Ante la amenaza de los piratas, pronto se hizo patente la necesidad de un sistema de convoy con escoltas. Desde los puertos de Veracruz (México), Portobelo (Panamá) y Cartagena de Indias (Colombia), entre otros, las riquezas americanas eran enviadas mediante flotas fuertemente custodiadas a La Habana, en Cuba. Alrededor de junio, la Flota de Indias o del Tesoro zarpaba de esta isla escoltada en vanguardia por la nao capitana, a retaguardia por la almiranta y a un costado por los galeones de barlovento. De este modo, las carracas y naos mercantes quedaban a salvo de los ataques, mientras que la mayor parte del oro y la plata se transportaban en las bodegas de galeones fuertemente artillados. En estas condiciones las reglas del juego cambiaron, y la Flota de Indias sólo fue capturada en dos ocasiones: por el holandés Piet Heyn en 1628, y por los ingleses Blake y Stayner en 1657.

Drake, un pirata de leyenda

Ante la eficacia del nuevo sistema de convoyes, piratas y corsarios se centraron en atacar las posesiones españolas en tierra firme, la gran mayoría poco pobladas y peor defendidas. Uno de los primeros en utilizar esta táctica fue el pirata inglés Francis Drake. En 1572 atacó la ciudad de Nombre de Dios que, ubicada en el istmo de Panamá, fue el primer puerto de la Flota de Indias (luego la reemplazó Portobelo). La razia fracasó y el propio Drake fue herido.  Su suerte cambió con la ayuda de cimarrones (esclavos negros que habían huido de los españoles) y de un corsario francés, el capitán Guillaume  Le Testu. En  marzo de 1573 se acercaron a la costa panameña a bordo de pequeñas pinazas que ocultaron entre la vegetación. Se internaron en la selva y acecharon y capturaron una recua de mulas que transportaba el tesoro proveniente de Perú a través del istmo de Panamá, para embarcarlo con destino a La Habana. Cada animal cargaba 135 kilos de plata. La magnitud del botín fue impresionante: cerca de 15 toneladas de metales preciosos entre lingotes de plata y monedas de oro.
No contento con obtener la fama y el favor de Isabel I de Inglaterra, su soberana, Drake seguía obsesionado con los galeones del tesoro. En septiembre de 1578 cruzó el estrecho de Magallanes y se internó en el Pacífico con la esperanza capturar barcos menos protegidos. A bordo de un pequeño galeón de 100 toneladas, el Golden Hind, navegó hacia el norte atacando posesiones españolas en Chile y pequeños transportes. Algunos prisioneros le confesaron la existencia de un galeón tan artillado que lo apodaban el Cacafuego. Se trataba del Nuestra Señora de la Concepción, un barco cargado de oro y plata en la derrota de Lima a ciudad de Panamá. Drake prometió una cadena de oro al primer vigía que lo avistase, y fue su propio sobrino, John, quien vio la vela en el horizonte desde la cofa el 1 de marzo de 1579. 
El inglés, en inferioridad de condiciones, se sirvió de una treta muy utilizada por los piratas: camufló su barco como un lento mercante. Redujo la velocidad y esperó a que el Cacafuego y su capitán Sanjuán de Antón estuviesen al alcance de la voz. El español, sospechando en el último momento que eran piratas, gritó: «¡Amainad la vela en nombre del rey!», a lo que el inglés respondió: «Sois vos que debéis amainar la vuestra en nombre de la reina de Inglaterra». La respuesta del español fue: «Venid y hacedlo vos mismo». Drake zanjó la conversación con una andanada de sus cañones que desarboló el palo de mesana del Cacafuego, y con una lluvia de flechas y disparos de mosquete desde la cubierta, mientras un puñado de sus hombres abordaba el galeón con la pinaza. Sanjuán de Antón no tuvo más remedio que rendirse a un Drake que lo trató con extrema cortesía y le aconsejó «no afligirse, puesto que era el sino de la guerra».
El galeón rebosaba riquezas como nunca antes vieron ojos ingleses: «Había gran cantidad de joyas y piedras preciosas, 14 cofres con reales de plata y oro, 80 libras de oro y 26 toneladas de plata sin acuñar», alrededor de 362.000 pesos declarados, más otros 40.000 pesos en contrabando, como reconoció el capitán español. En total, unos 18 millones de euros actuales.  En los seis días que los ingleses tardaron en trasladar el botín a su barco, Drake invitó en varias ocasiones al amargado capitán español y a sus pasajeros a su mesa, y confesó que había ido hasta allí «a robar por orden de la reina de Inglaterra y portaba las armas que la soberana le había entregado». Temiendo que toda la flota española le estuviese buscando, Drake no se atrevió a volver costeando América del Sur, y decidió cruzar el Pacífico para regresar a Inglaterra, donde fue nombrado caballero.

La hora del Pacífico

Las flotas españolas se reforzaron a resultas del ataque de Drake, y la única oportunidad que los corsarios ingleses tuvieron de repetir la hazaña de este último fue internarse en el océano Pacífico, cuya inmensidad lo hacía difícil de controlar por las fuerzas españolas.
Así, en 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish decidió atacar la ruta del Galeón de Manila, la nave que llevaba productos de Asia desde las Filipinas hasta Acapulco (en el actual México). Estos galeones carecían casi de armamento; como confesó un funcionario español: «han navegado siempre con tan escaso temor a los corsarios å si estuviesen en el río de Sevilla». Aquel año cubría eltrayecto un galeón de 600 toneladas, el Santa Anna. 
A bordo de su barco Desire («deseo», un nombre muy significativo de sus intenciones), Cavendish se apostó cerca del cabo San Lucas, en la Baja California. Cuando el Santa Anna llegó a las inmediaciones de la costa, los españoles celebraron una fiesta religiosa a bordo cantando el tedéum, momento que aprovecharon Cavendish y sus huestes para abordarlo. El inglés se hizo con 700.000 pesos en oro y plata y 1.500.000 pesos en brocados, porcelanas y sedas chinas. Su barco era demasiado pequeño para transportar tantas riquezas, por lo que incendió y hundió el Santa Anna con todo lo que no pudo llevarse. Los españoles aprendieron la lección, y el Galeón de Manila no volvió a ser capturado hasta el año 1709, por el corsario Woodes Rogers.

El Caribe: bucaneros y filibusteros

A inicios del siglo XVII, la piratería se desplazó al Caribe, donde había cientos de islas, muchas de ellas desiertas, que constituían un refugio ideal. Grupos de cazadores franceses, denominados bucaneros, se establecieron al norte de La Española y en la isla de La Tortuga. 
Los primeros años se contentaron con comerciar con el producto de la caza, abasteciendo de contrabando a barcos mercantes, pero pronto se aliaron con cimarrones y con colonos franceses e ingleses, desheredados europeos que buscaban una nueva vida.  Comenzaron a asaltar mercantes españoles desde sus bases en tierra y pronto ampliaron sus operaciones convirtiéndose en filibusteros, es decir, en piratas sin dueño. Uno de estos colonos relató su experiencia en primera persona. Alexandre Olivier Exquemelin, hugonote francés, se unió a los filibusteros en 1666, tras haber llegado a América como engagé o colono semiesclavo. Durante tres años permaneció en La Tortuga y formó parte de La Cofradía de Hermanos de la Costa, la hermandad de los filibusteros, donde conoció a personajes como Henry Morgan y El Olonés. En su libro, Exquemelin describe la vida como pirata y los métodos de asalto. Los filibusteros atacaban a barcos mercantes de cualquier bandera –rara vez se aventuraban contra barcos artillados–, y siempre en el curso de rápidas razias desde la costa, sirviéndose de pequeñas pinazas y al amparo de la noche. Se acercaban por la popa, inutilizaban el timón y «de esta manera saltan a bordo del buque español, de modo que en menos de una hora se ve un barco cambiar de dueño», refiere Exquemelin. 
En 1715, el monopolio español del comercio con América empezó a romperse con el tratado de Utrech, y las naciones europeas se asentaron por fin en el Caribe. Ahora los filibusteros y bucaneros ya no eran  una herramienta para hostigar a los españoles, sino un enemigo a batir, «carne de horca» que se revolvía amenazante contra sus antiguos protectores. Y éstos no dudarían en darles caza.
Durante más de dos siglos, el sueño de piratas, corsarios y filibusteros había sido apresar un galeón de la Flota del Tesoro. Pero los afortunados fueron pocos: de los 11.000 barcos españoles que se calcula cruzaron el Atlántico entre 1540 y 1650, los piratas sólo capturaron un centenar escaso, la mayoría mercantes sin grandes riquezas. Ello se debió al sistema de escoltas, que sirvió de modelo a los Aliados durante la segunda guerra mundial. Si algún enemigo implacable tuvieron los galeones del Tesoro no fueron los ladrones del mar sino el propio océano, sus tormentas y huracanes. 

viernes, 28 de marzo de 2014

LA CONSPIRACIÓN DE LOS ILUMINADOS DE BAVIERA

En 1784, las autoridades descubrieron en una ciudad del sur de Alemania una sociedad secreta que se dedicaba, supuestamente, a conspirar contra el Estado y la religión.


Hasta cumplir los 36 años, la vida de Adam Weishaupt era la de un respetable burgués en la Alemania del siglo XVIII. Nacido en Ingolstadt, ciudad del entonces Estado independiente de Baviera, descendía de una familia judía convertida al cristianismo. Quedó huérfano desde muy pequeño, pero su tío se cuidó de su educación y lo matriculó en un colegio de jesuitas. Concluidos los estudios, muy pronto Weishaupt empezó a dar lecciones en la universidad de su ciudad natal, se casó y fundó una familia. Pero en 1784, el gobierno bávaro descubrió que el digno profesor de derecho eclesiástico era un peligroso revolucionario y ordenó su busca y captura.
Weishaupt, en efecto, tenía una personalidad inquieta. Siendo muy joven, había entrado en contacto con las obras de los filósofos franceses, que pudo leer en la biblioteca de su tío; ello le hizo tomar conciencia del poder que tenían la monarquía y la Iglesia para mantener a la población sometida y engañada. Convencido de que las ideas religiosas no resultaban lo bastante sólidas como para cimentar sobre ellas el gobierno de un mundo dominado por el materialismo, decidió buscar otro tipo de «iluminación» que se aviniera con sus ideas y que permitiera su aplicación práctica en la vida real. En esos años la masonería había logrado una gran expansión en Europa, incluida Alemania, y Weishaupt pensó en un primer momento en ingresar en una logia. Pero al final quedó defraudado por las ideas de los masones, y en cambio se empapó de extrañas lecturas sobre los Misterios de los Siete Sabios de Menfis, la Cábala y los secretos de la magia de Osiris. De este modo, decidió fundar una nueva sociedad secreta: la Orden de los Illuminati, los Iluminados, llamada en un primer momento también Asociación de los Perfectibilistas.
Banqueros y poetas
El 1 de mayo de 1776, los primeros Iluminados se reunieron para fundar la Orden en un bosque próximo a Ingolstadt, a la luz de las antorchas. Eran sólo cinco: Weishaupt y cuatro de sus estudiantes. Allí se fijaron las normas que regularían la Orden. Nadie podía acceder a ella por deseo propio, sino por consentimiento de sus miembros, y éstos sólo habrían de ser personas bien situadas social y económicamente. En ese momento, la organización interna de la Orden sólo contemplaba tres grados: los novicios, los minervales y los minervales iluminados. El término «minerval» se refería a la diosa grecorromana de la sabiduría, Atenea o Minerva, pues el objetivo de la Orden era difundir el verdadero conocimiento, o iluminación, sobre los fundamentos de la sociedad, el Estado y la religión.
En los años siguientes, la Orden de Weishaupt experimentó un notable crecimiento, pese a su secretismo; se calcula que en 1782 tenía ya 600 miembros. Entre ellos se contaban personajes relevantes de la vida pública de Baviera, como el barón Adolph von Knigge o el banquero Meyer Amschel Rothschild, quien la financió generosamente. Posteriormente, la expansión no se detuvo. Si al principio los Iluminados habían sido exclusivamente estudiantes discípulos de Weishaupt, ahora se contaban entre ellos nobles, políticos y toda clase de profesionales liberales, como médicos, abogados o juristas, así como intelectuales y literatos, entre ellos Herder y Goethe.
A finales del año 1784, los Iluminados aseguraban tener entre 2.000 y 3.000 miembros, repartidos por Baviera y el resto de Alemania.
El barón Von Knigge tuvo un papel muy considerable en la organización y expansión de la sociedad. Como antiguo masón, favoreció la adopción de ritos típicos de la masonería. Por ejemplo, los Iluminados recibieron un nombre simbólico, tomado por lo general de la Antigüedad clásica: Weishaupt era Espartaco, Knigge era Filón, el juez Zwack se hacía llamar Catón... Asimismo, se elaboró una jerarquía de la Orden más compleja que la que inicialmente había establecido Weishaupt. En total se establecieron trece grados de iniciación divididos en tres clases. La primera culminaba en el grado de illuminatus minor, la segunda en el de illuminatus dirigens y la tercera en el nivel más elevado, el de príncipe.
El propio Weishaupt explicó cuál era el fin de la sociedad que había fundado. Su propósito, escribió, era «liberar gradualmente de todos los prejuicios religiosos a los cristianos de todas las confesiones y cultivar y reanimar las virtudes de la sociedad con vistas a lograr la felicidad universal, completa y rápidamente realizable». Para ello era necesario crear «un Estado en el que florezcan la libertad y la igualdad, un Estado libre de los obstáculos que la jerarquía, el rango y la riqueza ponen continuamente a nuestro paso», y con ello «no tardará en llegar el momento en el que los hombres sean libres y felices».

Traicionados desde dentro

Cuando mejor parecían ir las cosas para la Orden, el horizonte se nubló de repente. Por un lado, se agriaron las relaciones entre Weishaupt y Knigge, hasta el punto de que el segundo decidió abandonar la sociedad. Al mismo tiempo, otro iluminado que se sintió postergado, Joseph Utzschneider, envió una carta a la gran duquesa de Baviera para revelarle las actividades de la Orden. Las acusaciones que se vertían en ese documento eran terribles y en buena parte imaginarias: los Iluminados, según Utzschneider, sostenían que la vida debía regirse por la pasión más que por la razón, que el suicidio era lícito, que se podía envenenar a los enemigos y que la religión era un absurdo y el patriotismo una puerilidad. También sugería que los Iluminados conspiraban a favor de Austria. Advertido por su esposa, en junio de 1784 el duque elector de Baviera promulgó un edicto por el que se prohibía la constitución de cualquier tipo de sociedad no autorizada previamente por las leyes vigentes, al tiempo que se ordenaba el cierre de todas las logias masónicas.
Inicialmente, los Iluminados pensaron que esta prohibición general no los afectaría directamente y que, tras capear el temporal, pronto podrían volver a su anterior actividad. Pero unos meses después, en marzo de 1785, el soberano bávaro promulgó un segundo edicto que proscribía expresamente a los Iluminados y los conminaba a respetar las leyes del Estado. La policía bávara realizó numerosas detenciones,  interrogatorios y registros. En uno de estos registros, en casa de quien fuera la mano derecha de Weishaupt, Franz Xavier von Zwack, se encontraron documentos de lo más comprometedor: una defensa del suicidio y del ateísmo escrita de su puño y letra, el plan para la creación de una rama femenina de la Orden, el proyecto de fabricación de una máquina destinada a guardar archivos o destruirlos en caso necesario, recetas de tinta invisible, fórmulas tóxicas, así como un recibo de aborto, entre otros. Las pruebas, publicitadas hábilmente en la prensa de la época, sirvieron de base  para acusar a la Orden fundada por Weishaupt de conspirar contra la religión y el Estado. En agosto de 1787, el duque elector promulgó un tercer edicto en el que se confirmaba la prohibición total de la Orden y se castigaba con la pena de muerte la adhesión a cualquier secta.
Para entonces Adam Weishaupt estaba a buen recaudo en Gotha, ciudad perteneciente a un pequeño principado al norte de Baviera. Allí publicó varias apologías de los Iluminados, en un intento de animar a sus compañeros, pero su lucha fue vana; la feroz represión del duque bávaro logró la total extinción de los Iluminados, salvo un puñado que marchó a Estados Unidos y fundó allí una logia que se consideraba heredera de la sociedad bávara.
Isabel Hernández. Universidad Complutense (Madrid)

miércoles, 5 de febrero de 2014

MUERTES MISTERIOSAS EN POMPEYA

¿Qué sucedió en esta casa durante la erupción del Vesubio, en el año 79 d.C.? Los arqueólogos intentan resolver un enigma que se remonta a la Antigüedad.

El misterio podría ser considerado como caso resuelto. Hay dieciocho cadáveres y sabemos quién fue el asesino. Su nombre: el Vesubio. Liquidó a casi todas sus víctimas en un solo día, el año 79 d.C. Sepultó los cuerpos bajo una mortaja de cenizas ardientes, rocas fundidas y masas de aire abrasador que pudo alcanzar los 800 °C. Pero algunos de los dieciocho finados no murieron hasta semanas, incluso meses más tarde. Y eso es todo cuanto sabemos sobre lo que pudo suceder aquel día en la casa de Menandro.
pompeyaarticuloEs 24 de agosto del año 79 y la actividad comercial anima las callejuelas de la ciudad, situada al abrigo del golfo de Nápoles. En el puerto, en la desembocadura del Sarno, los obreros desestiban los barcos procedentes de Nola, Acerrae y Nuceria, cargados con mercancías del interior del país, que son transbordadas a buques mayores, especialmente diseñados para navegar por alta mar. Baldes llenos de garum, una salsa elaborada a base de pescado, humean al sol. De vez en cuando resuenan los martillazos procedentes de algún edificio cercano: son las obras de reconstrucción de Pompeya tras los estragos causados por el gran terremoto de hace 17 años. El discurrir cotidiano de una población próspera en tiempos de la antigua Roma.
La pesadilla empieza hacia la una de la tarde. La tierra ruge. Casi nadie levanta la vista: aquí la gente está acostumbrada a los temblores de tierra. Pero si a pesar de todo uno lleva su mirada hacia el Vesubio, ve una columna de humo. Plinio el Joven escribirá más tarde en una carta a Tácito: «Una nube de tamaño y aspecto insólitos. [...] La forma recordaba la de un árbol, concretamente la de un pino. Se elevaba como un tronco gigantesco y en el aire se desplegaba en ramas».
Empieza a caer ceniza y luego rocas fundidas. Los habitantes de Pompeya comprenden entonces que deben huir, alejándose todo lo posible o refugiándose en las viviendas. Quince personas encuentran cobijo en la casa de Menandro.
Al día siguiente, Pompeya es historia. Sepultada debajo de 3,3 kilómetros cúbicos de cenizas y lava, ha dejado de existir, compartiendo destino con Herculano, Boscoreale, Estabia y Oplontis. Miles de personas han perecido.
Las preguntas que hoy plantea Jens-Arne Dickmann, arqueólogo de la Universidad de Heidelberg, son las de un investigador criminal.Desde hace años trabaja en Pompeya y ha centrado su tesis en el entorno patricio de esta ciudad de provincias romana. El caso que ahora le interesa es el de la casa de Menandro: ¿qué ocurrió hace casi dos milenios en esta villa señorial? ¿Quiénes eran los individuos que quedaron sepultados en ella? ¿Qué les pasó? ¿En qué momento? Y, en términos más generales, ¿cómo se vivía en esa casa? «Durante mucho tiempo los investigadores se interesaron sobre todo en los aspectos relativos a la historia del arte –dice–. Sin embargo, a partir de ahora nos esforzamos por reconstruir los modos de vida específicos de una cultura extinguida.» La casa de Menandro es para él una especie de cold case: un crimen no resuelto que quiere reabrir para tratar de aclarar, volviendo a estudiar las pruebas.
Tras quedar enterrada, Pompeya fue poco a poco cayendo en el olvido en el transcurso de los siglos posteriores a la violenta erupción del Vesubio. Hubo que esperar hasta principios del siglo XVIII para que se descubrieran sus ruinas. Y con ellas, sus tesoros: monedas, joyas, frescos. Los reyes de Nápoles se entusiasmaron con el hallazgo. Carlos III, rey de España, y posteriormente su hijo Fernando I de Borbón-Dos Sicilias ordenaron emprender unas excavaciones para recuperar los objetos de valor.
El interés por la Antigüedad vivía en aquella época un momento de esplendor entre los círculos cultos europeos. Mozart visitó Pompeya en 1770; Goethe lo hizo en 1787. El poeta alemán declaró al descubrir las ruinas que es imposible no sentirse «asombrado ante la angostura y pequeñez» de esta ciudad. Todavía hubo que esperar un siglo para que los trabajos científicos se desarrollaran de forma sistemática. A partir de 1863 Giuseppe Fiorelli, director del Museo Nacional de Nápoles y de las excavaciones de Pompeya y Herculano, inició las tareas de retirar los escombros de la parte superior de las viviendas. Asimismo hizo que se sacaran moldes en yeso de las víctimas. Pero un conjunto quedó al margen de las excavaciones en la insula (manzana de casas) I-10: la casa de Menandro, así llamada por uno de sus frescos en el que está representado el comediógrafo griego Menandro, considerado el autor más destacado de la comedia nueva. Los restos de esta mansión no salieron a la luz hasta la década de 1920 de la mano del arqueólogo italiano Amedeo Maiuri, quien descubrió no solo a sus ocupantes sino también un verdadero tesoro de plata que hasta la fecha continúa siendo un misterio. El nuevo director de las excavaciones despejó a buen ritmo una casa tras otra. Sus trabajos fueron los últimos de envergadura. Desde hace 50 años solo se han llevado a cabo excavaciones bastante modestas.
Hubo otros científicos interesados en la casa de Menandro, entre ellos el inglés Roger Ling en la década de 1970 y posteriormente la italiana Grete Stefani. Pero tampoco ellos consiguieron identificar a las víctimas halladas en la villa.
Es un caso peliagudo. En los años veinte, las excavaciones del equipo de Amedeo Maiuri localizaron dieciocho cadáveres: diez en el pasillo, entre las estancias nobles y las dependencias de los esclavos, tres en las caballerizas, dos en la cámara del administrador del predio. ¿Quiénes eran? ¿Miembros de esta rica familia de terratenientes o esclavos que alojaban en la casa para tenerlos siempre a su disposición? Y lo más intrigante, detrás del acceso a un comedor se localizaron otros tres cuerpos junto a varios picos y palas. El misterio estaba servido.
¿Por qué había herramientas cerca de los cadáveres? ¿Vivían esas personas en la casa? Y, si no, ¿qué estaban haciendo? ¿Eran saqueadores en busca de tesoros como los que describen las fuentes antiguas? «¿Sabían que había piezas de plata en el sótano de la vivienda?», se pregunta Dickmann. Para despejar estos interrogantes, recurre a los informes de las excavaciones y a las publicaciones de otros arqueólogos. Su principal herramienta es la experiencia. Su pericia radica en la capacidad de combinar los conocimientos previos con sus propias observaciones.
La casa de Menandro está cerca del Gran Teatro de Pompeya. En una de las vitrinas de la habitación 19 están expuestos los restos de los diez primeros cuerpos, calcinados y unidos entre sí por la erupción del Vesubio. Maiuri los dejó en un solo bloque. Vértebras, costillas y el hueso de una pierna sobresalen de esa masa compacta. A un lado, el cráneo de un niño. Tres de esas personas tenían menos de cinco años.
En esta vitrina hay otro cuerpo. Apareció en su cama durante las excavaciones dirigidas por Maiuri. Sus aposentos estaban separados, en un extremo del edificio reservado a los esclavos. ¿Era el administrador del predio? Los muros de su dormitorio, revestidos de una capa blanca, están decorados con pinturas de paisajes. «En el suelo, al pie de la cama, el equipo halló el cadáver acurrucado de una niña», explica Dickmann. ¿Era su hija? ¿Una joven esclava? Un análisis genético podría revelar si estas dos personas estaban emparentadas, pero es una prueba cara. Se desconoce también el nombre de la niña. Pero el del hombre tal vez no sea un enigma. En el umbral de sus aposentos los arqueólogos exhumaron un sello con la siguiente inscripción: «Q POPPAEI EROTIS». ¿Era Eros un antiguo esclavo de Quintus Poppaeus que, una vez con­­vertido en liberto, pasó a administrar la propiedad? ¿Podemos entonces suponer que Quintus Poppaeus era el dueño de esta residencia?
Este único sello no es una prueba lo bastante sólida para hacer semejante afirmación, subraya Dickmann. ¿Pertenecía en exclusiva al administrador? ¿Se había confeccionado expresamente para él, o llegó a sus manos por otras vías? Sea como fuere, en sus aposentos también se descubrió un cubo de bronce, que ya entonces tenía tres siglos de antigüedad y estaba restaurado con sumo esmero, una pieza antigua que sin duda se remontaba en el tiempo varias generaciones.
A los pies de la cama de Eros se encontró una bolsa de cuero con 560 sestercios en monedas, mucho más de lo que ganaba un obrero en un día. ¿Con qué objeto había ahorrado esa cantidad el administrador y cómo gastaba su dinero? En la entrada a sus aposentos se lee una inscripción: «Nucerea(e) quaeres ad Porta(m) Roma­na(m) in Vico Venerio, Novelliam Primigeniam» («En Nocera pregunta por Novelia Primigenia, junto a la Puerta Romana, en el barrio de Venus»). En Pompeya muchas prostitutas se hacían llamar «Primigenia» por la clientela.
Los aposentos del administrador permiten hacer ciertas deducciones acerca del propietario de la casa de Menandro. Jens-Arne Dickmann me muestra un muro desnudo: «En el informe de excavación de Maiuri se dice que aquí aparecieron colgados quince cuchillos para podar vides y árboles –también había un par de tijeras de trasquilar–. El número de utensilios sugiere que el administrador los distribuía entre los esclavos cuando estos salían a trabajar». El dueño de la casa debía de poseer muchas tierras en los alrededores de Pompeya.
La riqueza de la ciudad provenía en realidad de la tierra. Los fértiles suelos volcánicos eran muy adecuados para la viticultura; y el mar era una rica pesquería. Hasta las piedras de la región reportaban dinero: con ellas se fabricaban las mejores muelas de almazara de todo el país.
En los terrenos político y cultural, sin embar­go, la importancia de Pompeya era menor. La ciudad debe su fama tardía al hecho de haberse quedado petrificada en el mismo estado en que se encontraba en el momento de la catástrofe, ofreciéndonos así una instantánea de cómo vivían los romanos de aquella época en una pequeña ciudad de provincias.
Todo apunta a que la generosidad de las tie­­rras circundantes permitió amasar una fortuna al dueño de la casa de Menandro. El ala noble constaba de estancias amplias y baños con calefacción, que se calentaban desde la zona de los esclavos. Desde allí, una escalera conducía al sótano, donde el equipo de Maiuri hizo un des­­cubrimiento sensacional los días 4 y 5 de diciembre de 1930: 118 piezas de plata, 24 kilos en total, envueltas con esmero en paños de tela y lana, embaladas en una caja. Fuentes, platos, copas, cucharas: todo lo que no podía faltar en la mesa de un romano adinerado, un tesoro que además nos revela cómo vivía el dueño de la casa.
Acompaño a Dickmann hasta el triclinio, unas cuantas estancias más allá. Todas las residencias de los patricios ricos disponían de varios comedores de este estilo. Había tres bancos corridos dispuestos en forma de herradura en torno a la mesa, espacio suficiente para dar cabida al anfitrión y a ocho invitados.
El arqueólogo me muestra unas marcas en el suelo de mosaico. «Se distingue perfectamente dónde estaban los muebles.» Los romanos eran muy aficionados a los banquetes. En función de la ocasión y la época del año, y según la importancia de los invitados, el señor de la casa elegía el triclinio más adecuado. El comedor más amplio se conoce hoy por un nombre exento de toda poesía, la habitación 18. Pero su importancia salta a la vista: 87,50 metros cuadrados y techos de 8 metros de altura (restaurados en la época moderna), con paredes de tonalidades amarillas adornadas con motivos dionisíacos: máscaras, sátiros, ninfas.
La habitación 19, contigua a la anterior, es más pequeña y está decorada con el mismo estilo. Aquí está instalada la vitrina con los muertos. Al otro lado está la habitación 15, que también hacía las veces de comedor. Las tres piezas dan al peristilo. Era tal la importancia del banquete en la sociedad romana que la casa se construía alrededor de esa actividad social. Ninguna columna bloquea la vista al exterior. «Los invitados podían así disfrutar plenamente de la vista de plantas y fuentes», dice Dickmann.
El poeta romano Marcial (40-102/104 d.C.) describe las viandas que llenaban los platos en tales ocasiones. Los entrantes consistían en lechuga, puerro y atún; después se servían salchichas, coles y panceta, y para terminar el ágape, uvas, peras y castañas.
El equipo de Amedeo Maiuri halló, entre la vajilla de plata, un tesoro dentro del tesoro: un cofrecillo que contenía diversas joyas de oro y monedas por valor de 1.432 sestercios, sin duda los ahorros del hogar. Algunas pulseras del cofre son objetos muy aparentes pero poco refinados, del estilo de los que estaban de moda en el siglo I: alhajas creadas para la ostentación.
Aunque era una de las residencias más señoriales de la ciudad, la casa de Menandro no estaba exenta de defectos. «La ubicación, por ejemplo –apunta Dickmann–. No da a la calle principal de la ciudad, la Vía de la Abundancia, sino que está justo detrás, un poco retirada, en una calle de menor importancia.» A ello se le suma que en el año 79 ya era una vivienda bas­­tante antigua. La parte de delante, núcleo central de esta propiedad, data sin duda del siglo II a.C., lo que explica el reducido tamaño del atrio.
Las casas más recientes de Pompeya son edificios más suntuosos. El mensaje dirigido al visitante que ponía los pies en ese tipo de residencias era claro: dispongo de los medios necesarios para permitirme tanto espacio. «El dueño de la casa de Menandro no quería ser menos, por supuesto», asegura Dickmann. Pasea su mirada por dos columnas exageradamente grandes. Erigidas en el acceso a una estancia que comunica con el patio interior, consiguen que aquella parezca más grande de lo que en realidad es.
«A juzgar por las dimensiones y el equipamiento de la casa, su propietario debía de ser uno de los ciudadanos más acaudalados de la ciudad.»
¿Quiénes eran entonces los potentados de Pompeya? Conocemos a algunos de los que llevaban las riendas económicas y políticas de la ciudad. Todavía se distinguen sus nombres en las fachadas de numerosas casas, escritos en letras rojas de cara a las elecciones a los puestos de edil (funcionario municipal) o de duunviro (presidente del consejo municipal). A menudo los gremios profesionales se significaban en pleno a favor de un candidato. Los orfebres proponían para el puesto de edil a Cuspio Pansa y los panaderos apoyaban a Trebio Valens.
El arqueólogo Roger Ling opina que el propietario de la casa de Menandro desempeñaba un papel activo en la vida política: «Creo que como mínimo era decurión, esto es, miembro electo vitalicio del consejo municipal». Los decuriones eran figuras prominentes. Se ocupaban de la seguridad y la organización de festejos. Financiaban de su bolsillo los juegos y las fiestas. «Incluso es posible que el dueño de la casa de Menandro fuese presidente del consejo.» En ese caso estaría obligado a recibir ciudadanos en su domicilio. Probablemente a eso se destinaban las salas suntuosamente decoradas de la casa.
Roger Ling ha estudiado también la pista que conduce a Quintus Poppaeus, cuyo nombre figura en el sello recuperado de los aposentos del administrador. Documentos jurídicos de la época mencionan a un tal Q. Poppaeus, edil de Pompeya en el año 39 o 40 d.C., es decir, 40 años antes de la erupción del Vesubio. Pero no se tiene la certeza de que ese hombre viviese todavía en el momento de la catástrofe.
Ling ha encontrado asimismo otros dos nombres, pero sin indicación de rango ni de función. Se trata sin duda de esclavos libertos, lo que descarta por completo que fuesen los propietarios de una hacienda tan lujosa.
El primer enigma radica en la identidad del propietario y de los ocupantes de la casa de Menandro; las tres víctimas provistas de picos y palas constituyen el segundo, más misterioso aún. Arrodillado en el suelo de una de las habitaciones, Jens-Arne Dickmann mide un agujero abierto en un muro. Por toda Pompeya encuentras aberturas de este tipo: boquetes ovalados practicados en las paredes, con el tamaño justo para que pase un hombre. Por esos butrones entraban y salían los saqueadores, abriéndose paso a través de las cenizas y el lapilli, fragmentos de lava y escorias. «Al poco tiempo de la erupción del Vesubio, una comisión creada en Roma con gran celeridad organizó el traslado de estatuas y columnas, de vigas y paramentos –explica Dickmann echando un ojo a la estancia contigua a través del agujero–. Los autores antiguos Dión Casio y Suetonio incluso señalan a los culpables: los curatores Campaniae restituendae, nombrados entre los senadores y ex magistrados y encargados de organizar la reconstrucción de las ciudades de la región del Vesubio que todavía estuvieran habitables.»
Por este motivo las excavaciones emprendidas a principios del siglo XIX sacaron a la luz un foro y un teatro prácticamente vacíos. Ni estatuas de prohombres, ni elegantes fachadas de mármol. Los salones y los templos habían sido despojados hasta los cimientos. Los ayudantes de los curatores Campaniae restituendae habían desmontado todo lo que pudiera reutilizarse en otros lugares. El mármol, por ejemplo, era un material de construcción sumamente valioso. Hasta las estatuas podían reciclarse, pues no había grandes diferencias entre dos ciudadanos vestidos con toga. Una vez se le colocaba una cabeza nueva, un prócer pompeyano podía convertirse en un abrir y cerrar de ojos en un prestigioso ciudadano de otra ciudad. Jens-Arne Dickmann no tiene dudas: «Tarde o temprano demostraremos que en Pozzuoli (la antigua Puteoli) o en Nocera (Nuceria) hay elementos constructivos originarios de Pompeya».
Las verdaderas riquezas, no obstante, estaban en los domicilios particulares. Cierto es que Pompeya quedó irreconocible, sepultada por la erupción debajo de varios metros de cenizas y lapilli, «pero quien la conociese aún podía orientarse», afirma Dickmann. Seguramente era posible distinguir los edificios más altos gracias a los montículos que formaban. Y con toda seguridad los supervivientes intentaron rescatar sus bienes. Pero las ruinas también atrajeron a individuos más que sospechosos.
«Algunos saqueadores pertenecían probablemente a bandas organizadas de cierta importancia», apunta Dickmann. Encima de la puerta de una casa alguien escribió el graffiti siguiente: «doummos pertousa». Quienquiera que fuese el autor tenía ciertas lagunas gramaticales. En latín correcto debería haber escrito «domus pertusa» (casa perforada; en otras palabras, ya excavada). Así se informaba a los demás ladrones de que habían llegado tarde. «Lo que me parece particularmente interesante son las erratas en latín –señala Dickmann–. Podemos conjeturar que el saqueador era un esclavo para quien el latín era un idioma extranjero. Su lengua materna era sin duda el griego, como indica la “u” de la pala­bra “pertusa” alargada como “ou”.»
La tarea de los intrusos no era difícil, pero sí muy peligrosa. El material blando proyectado por el volcán podía desmoronarse en cualquier momento, o venirse abajo el techo y enterrar a los saqueadores.
El destino debió de depararles ese final a los tres individuos cuyos esqueletos descubrió Amedeo Maiuri, con sus palas y sus picos, en el umbral de la habitación 19. En el informe de excavación el arqueólogo consignó con precisión la posición de los cuerpos: encogidos en posición fetal. Algunos investigadores han concluido que estas tres personas no eran saqueadores sino residentes de la casa asfixiados por los gases tóxicos de la erupción que, en su agonía, se acurrucaron sobre sí mismos. «Yo creo que no –declara Dickmann–. ¿Por qué razón iban a estar transportando, en elmomento de su muerte, picos y palas?»
Uno de los esqueletos es visiblemente más pequeño que los otros dos: un niño o un adolescente acompañaba a los ladrones en su incursión. Para Dickmann tiene toda la lógica del mundo: «Llevaban niños consigo porque son más menudos y pesan menos. Podían pasar por huecos mucho más estrechos y, con su peso, el riesgo de provocar derrumbamientos de escombros era menor».
El arqueólogo introduce la cabeza por uno de los butrones y toca los bordes del agujero: «Fíjese, por esta parte la abertura es claramente más grande que por la otra, lo que significa que abrieron el muro por este lado a fuerza de pico». Si se estudia la dirección de los golpes de pico y la sucesión de aberturas, puede reconstruirse el avance de las cuadrillas a través de la casa de Menandro. Dickmann ha tomado nota de tres recorridos diferentes.
A veces, sin embargo, los agujeros son tan pequeños que ni siquiera un niño habría podido colarse. «Sin duda se trata de mirillas que les permitían ver con rapidez si la habitación del otro lado del muro estaba vacía o bloqueada.»

¿Podemos intuir por esos orificios que los saqueadores conocían el lugar? «Yo supongo que no sabían lo que buscaban, o al menos que no sabían dónde buscarlo», explica Dickmann. El arqueólogo pasa a la habitación 17, una estancia secundaria situada entre el gran comedor (habitación 18) y la habitación 15, más pequeña. Me señala un orificio de observación en la pared este: «Al otro lado estaban las reducidas cámaras de los esclavos, donde ciertamente no había nada que robar. Cualquiera que conociese la casa lo sabría de sobra». Pero los ladrones, por lo visto, lo ignoraban. No llegaron al sótano, donde el tesoro siguió oculto casi dos mil años.
El caso Menandro solo está resuelto a medias. La labor detectivesca llevada a cabo por Dickmann nos permite saber algo más sobre quienes entraron en la mansión unas semanas o meses después de la erupción y per­­dieron la vida en ella. Y podemos formular hipótesis sobre el propietario del lugar. Pero a la hora de identificar a los otros muertos, el misterio persiste. Un enigma que solo podrán descifrar los arqueólogos en el futuro con la ayuda de nuevas pistas o de nuevos métodos científicos.
Por Angelika Franz

miércoles, 4 de diciembre de 2013

"LA GUERRA DE LOS ESPEJOS" ENTRE FRANCIA Y VENECIA

En 1665 el gobierno de Luis XIV envió agentes secretos a Venecia para captar a especialistas en la fabricación de espejos, provocando una furiosa reacción de las autoridades venecianas

En 1666 estalló en Francia una extraña guerra: sin ejércitos, pero con soldados; sin batallas, pero con muertos; sin generales, pero con una estrategia sibilina. Ni siquiera estaba claro quiénes eran los contendientes. Pero lo cierto es que había poderosos intereses económicos en juego y el episodio puede considerarse uno de los primeros conflictos por espionaje industrial de Europa.
El desencadenante de la crisis fue un artículo de lujo que se había puesto de moda entre la alta sociedad europea de la época: los espejos. Durante el Renacimiento, varias mejoras técnicas dieron lugar a espejos como los que hoy conocemos, de superficie clara (antes era verdosa) y que producían imágenes no deformadas. También aumentó su tamaño, hasta los 40 e incluso 50 centímetros. Los espejos se convirtieron en una atracción por sí misma, un símbolo de estatus para las familias más pudientes. En el siglo XVII empezaron a utilizarse también como elemento decorativo, para cubrir las paredes de los palacios y crear efectos reflectantes. Los espejos de cierto tamaño eran muy caros; de hecho, podían valer más que el óleo de un gran pintor y por esa razón se lucían enmarcados. Pero, pese a su precio, ninguna corte podía resistirse a la moda y por ello se gastaban cantidades ingentes en su compra. Y todo ese gasto beneficiaba a una ciudad que había logrado prácticamente el monopolio europeo de la fabricación de los espejos: Venecia.
En efecto, desde el siglo XII la ciudad de las marismas había desarrollado una poderosa manufactura de vidrio, centrada en la isla de Murano; allí surgió, en el siglo XV, el famosísimo cristallo o vidrio cristalino, inventado por Angelo Barovier. A principios del siglo XVI, las autoridades impulsaron la fabricación de espejos «de verdadero cristallo, cosa preciosa y singular», y enseguida se hicieron con el mercado europeo, a costa de alemanes y holandeses. Y como hacían con todo lo relacionado con el vidrio, un manto de secreto absoluto cayó sobre la producción de estos espejos. El Consejo de los Diez, órgano político que controlaba los negocios básicos venecianos y gestionaba la protección del secreto, estableció un control total sobre la técnica de producción para evitar que ningún competidor extranjero arrebatara al Estado veneciano aquella vital fuente de ingresos.

La estrategia de Colbert

En Francia, naturalmente, la perspectiva era distinta. Luis XIV, gran amante del lujo, gastaba a manos llenas en la adquisición de espejos venecianos. Alarmado por estos dispendios, su todopoderoso ministro de Hacienda, Jean-Baptiste Colbert, decidió crear una industria propia para satisfacer esa demanda. Y dado que sólo Venecia tenía artesanos capacitados para producir espejos de la calidad y el tamaño demandados, lanzó una operación de «guerra sucia» para apoderarse de aquella preciada tecnología.
En primer lugar, Colbert encargó al embajador francés en Venecia, Pierre de Bonzi, que convenciera a algunos de los maestros espejeros para que abandonaran su taller de Murano y se establecieran en Francia. Bonzi hizo muy bien su trabajo y a los pocos meses logró captar a varios de ellos mediante promesas de enormes ganancias y de ascenso social en Francia. Para llevar a cabo el traslado de los operarios, Colbert envió a Venecia un agente secreto, un tal Monsieur Jouan, cuya actuación, sin embargo, fue poco fructífera. Por ello se encargó la tarea a dos maestros vidrieros italianos, Giovanni Castellano y Giovanni Bormioli. Todos ellos eran conscientes de los riesgos que corrían. Uno de los agentes, sabedor de que los venecianos tenían sospechas sobre la actividad de los «espías franceses», explicaba que recogió «más muerto que vivo» a los operarios embaucados y huyó «a medianoche, en un barco vigilado por 24 hombres valerosos, armados hasta los dientes». Pasaron a Ferrara y desde allí se dirigieron en carruaje hasta París. Nada más llegar, los artesanos se incorporaron a la manufactura que Colbert había puesto en marcha en el suburbio parisino de Saint-Antoine, al mando de Nicolas du Noyer.

Venecia contraataca

La reacción de los venecianos no se hizo esperar. El embajador de la República en la corte francesa, Alvise Sagredo, advirtió al Consejo de los Diez sobre la nueva fábrica francesa, aunque les aseguró que los primeros resultados fueron decepcionantes, pues sólo habían podido fabricar miserables espejos de 25 centímetros de alto. Pese a ello, los inquisidores de Estado, órgano ejecutor del Consejo de los Diez, recibieron el encargo de hacer volver a los maestros y operarios a Venecia al precio que fuera. Tal fue la misión del nuevo embajador veneciano en París, Marcantonio Giustiniani. Alternando suavidad y dureza, por un lado fomentaba en los artesanos la nostalgia de la patria, pero por el otro prodigaba amenazas contra ellos y sus familias o sus intereses personales en Venecia. En respuesta, Colbert envió en secreto a Venecia un barco que logró traerse a las esposas e hijos de los operarios y maestros fugados, librándoles, así, de la coacción permanente del Consejo de los Diez y de los inquisidores de Estado.
En este punto, la República Veneciana decidió no consentir ni una fuga más. Cuando Colbert envió a tres de sus agentes secretos a Venecia para captar a algunos expertos en azogar los espejos, los agentes venecianos persiguieron a los desertores hasta Basilea. No sólo eso; ya que el chantaje emocional no había surtido el efecto esperado sobre los huidos, el Consejo de los Diez decidió recurrir a una medida extrema: el veneno. Pusieron la mira en el mejor de los maestros espejeros venecianos fugados a Francia, Antonio della Riveta, en la creencia de que, «eliminado él, todo se precipitará». A principios de 1667, el embajador Giustiniani informaba: «El obrero se encuentra ahora en el otro mundo; desconozco si falleció por causas naturales o artificiales». Unos días más tarde, otro maestro vidriero perecía tras varios días de grandes sufrimientos. Ante el temor de ser asesinados, la mayoría de los maestros y operarios venecianos pidieron perdón formalmente a los inquisidores de Estado y retornaron a su patria.

La revancha francesa

La guerra había terminado, y podría pensarse que la habían ganado los venecianos. El propio Colbert pareció reconocerlo cuando llegó a un acuerdo con la República para importar los espejos de los talleres muraneses. Pero cinco años después, el mismo ministro prohibió la importación de espejos venecianos, confiando en la calidad de los producidos en su fábrica de operarios franceses. De este modo, en 1679, cuando Luis XIV decidió construir la fabulosa galería de los Espejos en el palacio de Versalles, el suministro de los espejos quedó confiado a la manufactura nacional. Las paredes de la sala se recubrieron con 17 superficies gigantes de espejos, cada una de 5,5 metros de alto por dos de ancho. Un poema decía: «Debido al reflejo de tantos espejos, / el fuego de todos los diamantes con que la corte iba adornada / convierte la noche cerrada en tan resplandeciente como el día». Eso sí, los espejos seguían siendo pequeños, pues cada uno de los 17 paneles se compone en realidad de 21 espejos, ninguno de los cuales supera los 90 centímetros de altura, el límite técnico de la época. Eso cambiaría poco después, gracias a otro italiano naturalizado francés, Bernardo Perrotto, que inventó el método de vertido que permitiría fabricar espejos de más de dos metros de altura.
Eduardo Juárez Valero. Doctor en Historia. UNED,

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA PLATA DE AMERICA

Los españoles obtuvieron en sus territorios americanos una fabulosa cantidad de oro y plata, que sustentó la hegemonía de la dinastía Habsburgo en Europa y contribuyó al nacimiento de una economía global

Dónde está el testamento de Adán?». Esta frase, pronunciada con ira por el rey de Francia Francisco I cuando contempló parte de las riquezas que le había enviado Hernán Cortés desde México a su gran rival, Carlos V, ha pasado a la historia como signo de fortuna providencial. El arrebato del soberano francés aludía al reparto del orbe –bendecido por el papa Alejandro VI– entre españoles y portugueses, con exclusión de las demás naciones. Fueron los portugueses, cuyo monarca se titulaba, con buenos motivos, «señor del comercio y la navegación», quienes llegaron primero a las Molucas y las riquísimas islas asiáticas de la especiería, emporio de pimienta, clavo y canela. Pero la búsqueda de la ruta directa de Europa hacia las riquezas de Asia por el oriente, objetivo de los navegantes portugueses, se vio transformada con la «aparición» de América en 1492, cuando Cristóbal Colón, navegante al servicio de los Reyes Católicos, intentó alcanzar Asia navegando hacia occidente, en sentido contrario a los portugueses.

Oro, plata y caníbales


En la incipiente economía global, que entonces comenzaba a tomar forma, era preciso encontrar productos que por su altísima rentabilidad justificaran el comercio a larga distancia. Había pocos: especias, esclavos y metales preciosos. Por eso Colón, un magnífico propagandista, mezcló en sus cartas a los Reyes Católicos constataciones de la riqueza hallada –«muchos nativos traían piezas de oro al cuello, y algunos perlas atadas a sus brazos»–, con interesadas y disuasorias alusiones a la desnudez y barbarie de los nativos que le salían al encuentro. En una misiva de 1498 señaló: «Lejos de allí había hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían los hombres y que en tomando uno lo degollaban y le bebían la sangre y le cortaban su natura». Qué imaginación.

La insaciable sed de oro

En el horizonte de 1500, el negocio de las Indias (que para los europeos aún eran unas «islas y tierra firme del mar océano» situadas frente a las costas de China o Japón) aparecía como un ostensible fracaso. A pesar de que en el segundo viaje colombino había cruzado el Atlántico «gente trabajadora para sacar el oro de las minas» y el propio Colón pidió que le enviaran «lavadores de oro y mineros de Almadén para cogerlo en la arena», la cantidad del preciado metal hallado en ríos y minas en las Antillas fue escasa. Desde luego, resultaba insuficiente para promover la colonización y garantizar el tráfico marítimo en el Atlántico. 
Hasta 1525 se vivió un primer ciclo del oro en Santo Domingo (La Española), Puerto Rico, Cuba y Jamaica, basado en el «rescate» del metal que tenían los indígenas por vía del intercambio de bienes o el pago de impuestos; se le sumaba la explotación de placeres auríferos en ríos y veredas, acompañada de la búsqueda incesante de perlas en Venezuela y Panamá. Pero este suministro de metal duraba poco y por eso se produjo una secuencia repetida en la frontera antillana: los nacientes núcleos urbanos, como Santo Domingo o San Juan de Puerto Rico, se convertían en puertos y bases de retaguardia para el avance hacia el oeste y sur del Caribe. Resultado de la primera orientación, que llevó hacia el oeste a los conquistadores, fue el hallazgo del opulento Imperio azteca, mientras que la segunda, que los condujo hacia el sur, dio lugar a la exploración del litoral en busca de un paso, que Magallanes descubrió en 1520: el estrecho que lleva su nombre. En esta etapa conquistadora, los metales preciosos provenían de la captura de tesoros como el de los aztecas, cuyo monto fue de unos dos millones de pesos.

Cuevas de foragidos y rescatadores

Terminada la conquista, fue la colonización, con el desarrollo de la vida urbana, la que determinó el paso de una minería de apropiación a otra de producción. Desde 1540, el oro se buscó en áreas mexicanas como Tehuantepec, pero fue en el siglo XVIII cuando las minas de este metal cobraron importancia. Entre 1741 y 1800 produjeron unas 67 toneladas de oro. Poca cosa en comparación con lo que se explotaba en Nueva Granada, la actual Colombia, más sus áreas limítrofes. En Castilla del Oro, como fue llamada Panamá, la explotación de yacimientos auríferos en Veragua duró hasta que se agotaron. Sobre las cuencas de los ríos colombianos Magdalena y Cauca, señores de minas con cuadrillas de esclavos y, con el paso del tiempo, agrupaciones de negros libres, fundaron aldeas y ciudades que aún perduran. Buriticá, Pamplona, Santa Fe de Antioquia o Barbacoas produjeron oro de hasta 22 quilates. En Quito había lavaderos auríferos y oro en vetas, mientras que en Perú aparecieron yacimientos en Oruro y Asangoro; de allí se envió a Carlos V una pepita de cuatro arrobas en forma de cabeza de caballo. Nada que ver con lo que acontecía en Chile, donde se extraían dos toneladas por año, si las guerras con los nativos lo permitían; el país fue conocido como el «Flandes indiano», porque la porfiada resistencia  de los indígenas recordaba a los españoles la interminable rebelión de los protestantes flamencos. La imagen de América como fracaso, lugar de «forajidos y rescatadores», tan arraigada en la mentalidad contemporánea de españoles y europeos, nació precisamente del rápido agotamiento de este ciclo minero del oro. Pero la historia de la plata fue muy distinta.

Hambre de plata

La evidencia de la riqueza de México en metales fue obvia para Cortés y sus sucesores, que pusieron en marcha una verdadera red de minas de plata, muchas de ellas convertidas luego en ciudades: Zacatecas, Guanajuato, Tasco, San Luis Potosí, Guadalajara o Oaxaca surgieron como «reales de minas», campamentos dedicados a la extracción de mineral de modo permanente. La verdadera riqueza americana, en rigor, no fue el oro, sino la plata, que durante los siguientes tres siglos, hasta la independencia, sufragó la colonización, pagó el comercio americano con Europa y sobre todo con China, o garantizó la integración de territorios fronterizos, donde se enviaban enormes cantidades de dinero, los situados, para pagar fortificaciones y milicias. Cabe destacar las minas de plata de Zacatecas, descubiertas por Juan de Tolosa en 1548, o la mina de Guanajuato, descubierta casi al mismo tiempo, con La Valenciana, la veta madre, a 514 metros de profundidad. 
En Pachuca, el sevillano Bartolomé de Medina puso en marcha en 1555 el «beneficio de patio», un método de amalgamación con mercurio, entonces llamado azogue, que al comienzo provenía de Almadén. Este proceso recibía su nombre de los patios con albercas llenas de agua, mineral de plata, mercurio y sales que disolvían la plata. Ésta, al disolverse, se adhería al mercurio; entonces se calentaba  esta mezcla o amalgama, de manera que el mercurio se evaporaba y quedaba la plata. 
Gracias al «beneficio de patio» se pudo desarrollar la minería de plata, en especial en el Alto Perú o Charcas, la actual Bolivia. Los precedentes del hallazgo en aquella región de la mina de Potosí, la más importante explotación de plata de todas las épocas, se hallan en tiempos prehispánicos, pero fue en 1545 cuando se descubrió la veta del Cerro Rico, que hizo la fortuna de Potosí. A 4.000 metros de altura y sobre una meseta desolada, desprovista de recursos agrícolas, la villa imperial –título con el que fue reconocida– aumentó su población de unos 12.000 habitantes a 160.000 en el año 1610. Treinta años después aparecieron síntomas de agotamiento y empezó un lento declive que dura hasta nuestros días. 
Junto a la tecnología de patio, el increíble éxito productivo de Potosí se basó en la utilización ampliada de un método de rotación laboral obligatorio para los indígenas, la mita –ya existente antes de la llegada de los españoles–, y en el hallazgo, en 1582, de una mina cercana de mercurio, la de Huancavelica, lo que permitió contar con un suministro alternativo al de Almadén. Éste llegaba a Potosí después de cruzar el Atlántico hasta Panamá en los galeones de la Carrera de Indias, atravesaba el istmo panameño en recuas de mulas, era embarcado de nuevo con destino al puerto limeño del Callao y desde allí se subía hasta los cuatro mil metros del Cerro Rico, a más de 500 kilómetros de distancia. 
El sistema de explotación contribuyó al éxito, pues a pesar de que el subsuelo, como mandaba la tradición del derecho romano, era una regalía de la Corona, ésta otorgaba concesiones que llegaron a 577 para cien filones de mineral; a cambio, recibía el famoso quinto real, un 20 por ciento de la plata extraída. Esta cantidad se conocía de manera perfecta por la cantidad de mercurio que se entregaba a señores de minas y concesionarios para llevar a cabo el «beneficio de patio». Literalmente, no había manera de defraudar ni un real a Hacienda.

martes, 29 de octubre de 2013

LA DESTRUCCIÓN DEL TEMPLO DE JERUSALEN

En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a su hijo Tito sofocar la violenta revuelta que desde hacía cuatro años sacudía Judea. Tras un duro asedio, Tito logró conquistar Jerusalén y destruyó y saqueó el Templo.

En las primeras semanas del año 70 d.C. empezaron a llegar a Alejandría embajadores de todo el mundo mediterráneo, enviados por los gobernadores de las provincias del Imperio y Estados aliados; hasta el rey de los partos se desplazó en persona a la capital egipcia. Todos acudían con un único propósito: felicitar a Vespasiano, el general al que las legiones de Roma acababan de proclamar nuevo emperador.
Vespasiano había llegado al Próximo Oriente cuatro años antes. Nerón, antes de sucumbir a una conspiración contra su tiránico régimen, lo había nombrado gobernador de Judea con una misión muy precisa: acabar con la rebelión de los judíos contra Roma. Su antecesor en esa tarea, el legado de Siria, Cestio Galo, había fracasado estrepitosamente, de manera que Vespasiano se mostró prudente y no quiso atacar de inmediato Jerusalén, la capital de Judea y baluarte de la resistencia. Pero ahora, antes de partir hacia Roma para tomar posesión de su nueva dignidad, el recién nombrado emperador quiso dejar encaminado el problema y encargó a su hijo primogénito, Tito Vespasiano, la conquista de la ciudad sagrada de los hebreos.

El primer asalto

Tito quedó al mando de cuatro legiones: la V Macedónica, la X Fretensis, la XV Apollinaris y la XII Fulminata; en total, unos 60.000 hombres entre legionarios, jinetes, tropas auxiliares, ingenieros e innumerable personal. Una fuerza colosal, a la altura de lo que también era un descomunal desafío. Jerusalén, en efecto, parecía una ciudad inexpugnable. Estaba fortificada con tres murallas y albergaba, además del recinto del Templo, dos tremendas fortalezas: el antiguo palacio de Herodes el Grande, con tres torres imponentes, y la fortaleza Antonia, en el ángulo noroccidental del Templo, con cuatro torres muy potentes. Dentro de la ciudad había dos murallas: una separaba la Ciudad Nueva de la antigua, situada al lado del Templo; la otra cortaba el paso desde este barrio a la Ciudad Alta. Y, finalmente, había un cuarto muro entre la ciudad alta y la baja. La tercera muralla defendía la zona septentrional de Jerusalén, la más llana y propicia a un ataque. Los lados occidental, sur y oriental eran prácticamente imposibles de franquear, pues el desnivel entre los muros y los valles circundantes era muy pronunciado.
Además, en la ciudad se habían hecho fuertes varios grupos de zelotes, una corriente de judíos exaltados que propugnaban desde hacía décadas la rebelión contra el poder romano. Juan de Giscala, Simón bar Giora y Eleazar ben Simón se repartían el dominio de Jerusalén, en medio de recelos mutuos que desembocaron en una auténtica guerra civil, de la que sería víctima uno de ellos, el sumo sacerdote Eleazar. En su furia sectaria cometieron graves errores, como por ejemplo destruir los depósitos de grano, que según algunos hubieran permitido a Jerusalén resistir durante años un asedio. Pero a la llegada de Tito todos estaban dispuestos a luchar hasta la muerte, y frenaron todos los intentos de los judíos más moderados y pacíficos de llegar a un acuerdo con los romanos.
El sitio de Jerusalén duró cinco meses, de marzo a septiembre del año 70, y conocemos su desarrollo gracias a Flavio Josefo, un judío al servicio de Tito que lo relató detalladamente en su libro La guerra de los judíos. Tito inició el ataque por el norte. Sus tropas desplegaron la impresionante maquinaria de asedio romana: balistas y otros ingenios castigaban a los defensores con un bombardeo de piedras y jabalinas, mientras la infantería trataba de perforar las murallas mediante arietes, vigas de madera montadas sobre plataformas o en torres móviles. Para realizar esta operación era necesario nivelar el terreno, por lo que los soldados construyeron terraplenes de madera con tierra encima. La madera se obtuvo de los bosques próximos, que quedaron totalmente talados en un radio de 20 a 25 kilómetros. Al ver que los romanos estrechaban cada vez más el cerco, los judíos respondieron arrojando antorchas encendidas contra las máquinas de guerra romanas. En una ocasión, incluso, hicieron una salida en masa para incendiar el material bélico romano, pero fueron rechazados por tropas de élite de Alejandría y por la bravura personal de Tito, que arremetió contra los judíos al frente de su caballería y mató él mismo a doce de ellos, según relata Flavio Josefo.
Las máquinas de asalto abrieron un boquete en la tercera muralla, la más exterior, y los romanos penetraron en la Ciudad Nueva. Ocupada la zona, los romanos pudieron preparar el asalto a la Ciudad Vieja, la fortaleza Antonia y el Templo. Ante la feroz resistencia de los sitiados, cuenta Josefo que Tito permitía a sus soldados crucificar cada día a quinientos prisioneros judíos frente a las murallas para intimidar a los que resistían: «Eran tantas sus víctimas que no tenían espacio suficiente para poner sus cruces ni cruces para clavar sus cuerpos».

Caen las murallas

El siguiente objetivo de los romanos fue la segunda muralla, que no tardó en desplomarse. Luego pusieron sitio a la fortaleza Antonia. Tito ordenó construir cuatro nuevos montículos o plataformas para asentar los arietes y otros artilugios y lanzar el asalto. Pero Juan de Giscala había hecho excavar túneles desde la fortaleza hasta el lugar donde estaban los terraplenes; dentro puso madera untada de pez y betún y ordenó prenderle fuego. El resultado fue que el suelo bajo los terraplenes se hundió, sumiendo en la confusión a los romanos. Unos días después, un comando de judíos penetró entre las tropas romanas y, pese a ser atacado con flechas y espadas por todas partes, logró incendiar las armas de asalto enemigas. «En esta guerra no se han visto hombres más audaces y más terribles que éstos», escribe Josefo.
Tito levantó entonces un muro de circunvalación en torno a la muralla de la ciudad, a fin de que nadie de entre los sitiados pudiera salir de noche en busca de alimentos. El bloqueo se hizo sentir pronto y la cruda realidad de la hambruna se adueñó de Jerusalén. Josefo, que entró en la ciudad como embajador del general romano, testimonia los devastadores efectos de esta estrategia: «Los tejados estaban llenos de mujeres y de niños deshechos, y las calles de ancianos muertos. Los niños y los jóvenes vagaban hinchados, como fantasmas, por las plazas y se desplomaban allí donde el dolor se apoderaba de ellos [...] Un profundo silencio y una noche llena de muerte se extendió por la ciudad». A ello se sumaba el régimen de terror impuesto por los jefes de la rebelión, que ordenaban asesinar a quienes intentaban huir u ocultar algún alimento. Josefo cuenta el caso de una mujer que mató, asó y devoró a su propio hijo y ofreció a los jefes de la rebelión los restos para que participaran en el macabro banquete.
Finalmente, los arietes romanos lograron derrumbar un muro de la fortaleza Antonia. Aunque Juan de Giscala había erigido un murete interior, éste también fue tomado y los defensores no tuvieron otra salida que huir al Templo adyacente. Éste constituía en sí mismo una tremenda fortaleza y los romanos tuvieron que organizar un nuevo sitio. En esta ocasión, los arietes no bastaron, y los legionarios hubieron de emplear escaleras de asalto para superar la muralla exterior del templo y entrar en el llamado patio de los Gentiles. Juan de Giscala y Simón bar Giora se refugiaron en el recinto interior, desde donde rechazaron las ofertas de rendición de Tito.

La batalla del Templo

El gran atrio del Templo estaba rodeado por un suntuoso pórtico que pronto se convirtió en escenario de los combates. En una ocasión los judíos tendieron una trampa a sus enemigos. Se retiraron a una de las estoas porticadas, y cuando los romanos la asaltaron y ascendieron hasta los tejados prendieron fuego a maderos que previamente habían acumulado allí. Murieron muchos asaltantes, bien por el fuego o arrojándose al patio, donde fueron rematados. Instados por Tito, los legionarios prosiguieron la lucha con redoblada ferocidad. Eran muchos los que exigían al general que destruyera totalmente el Templo, a lo que Tito se resistía, según cuenta Josefo. El mismo autor afirma que fue un soldado quien, sin orden expresa, lanzó por su cuenta una tea contra esta zona interior del templo, de forma que el fuego prendió rápidamente. Tito corrió a impedirlo, pero los soldados no le hicieron caso y arrojaron más teas. Pronto toda la zona santa del Templo fue pasto de las llamas.
La batalla cuerpo a cuerpo continuó en la Ciudad Baja, que también fue saqueada e incendidada. Los archivos, la cámara del Sanedrín y todas las casas y mansiones que se habían salvado hasta entonces quedaron ahora arrasados. La represión de los legionarios romanos fue feroz. Josefo lo expresa con una imagen impactante: «Degollaron a todos aquellos con los que se toparon, taponaron con sus cadáveres las estrechas calles e inundaron de sangre toda la ciudad, de modo que muchos incendios fueron también apagadados por esta carnicería».
Pero las operaciones no terminaron aquí: quedaba aún la parte alta de la ciudad, separada por una muralla, donde se habían hecho fuertes Simón bar Giora y sus partidarios. El antiguo palacio de Herodes, protegido por sus tres tremendas torres, seguía alzándose imponente ante las legiones de Tito. Los romanos construyeron nuevas plataformas para situar los arietes, que reanudaron su tarea. La muralla de la Ciudad Alta se derrumbó por varios sitios y los romanos penetraron por las estrechas callejuelas sin encontrar casi oposición. A estas alturas, el cansancio, el hambre y el desaliento habían minado los ánimos de los sitiados, que se rindieron a los pocos días. Simón bar Giora escapó por unos pasadizos subterráneos, para reaparecer más tarde vestido de blanco y púrpura, enloquecido por el hambre y la sed. Fue capturado y murió ejecutado en Roma.

Esclavizados y desterrados

Judea quedó casi arrasada. Aunque las cifras de muertos o desaparecidos que da Josefo sean exageradas, quizás hubo unos 250.000 damnificados en un país que no debía de llegar al millón de habitantes. La inmensa mayoría fueron vendidos como esclavos; unos pocos se destinaron a combates de gladiadores; otros, a las minas de Egipto, y los menos volvieron a su vida normal en un territorio arruinado. En verdad, como sostenía el propio Josefo, el dios de los judíos se había puesto del lado Roma.
Tito ordenó destruir por completo el Templo y las demás construcciones herodianas; sólo dejó en pie las tres torres del palacio de Herodes como testimonio de «la fortuna del conquistador», escribe Josefo. El templo de David y Salomón ya había sido destruido por los asirios en el año 586 a.C., para ser reconstruido poco después y ampliado según el grandioso plan de Herodes. Pero esta vez no habría nadie para reconstruirlo. Los judíos quedaron desamparados, expulsados de su ciudad sagrada, sin sacerdotes que dirigieran su culto. A partir de entonces se refugiarían en el cumplimiento de la Ley, la oración, las reuniones de la sinagoga y el trabajo silencioso, bajo la guía de los rabinos. Hasta que una última rebelión en su patria, bajo el gobierno del emperador Adriano (131-135), los lanzaría a un largo exilio: la diáspora.
Antonio Piñero. Universidad Complutense