Totalmente entregado al servicio del rey, leal a sus jefes y muy respetado por los hombres a los que mandaba, Valdivia tenía a la vez grandes ambiciones, como tantos otros conquistadores de la época. Él mismo escribiría más tarde que soñaba con «dejar memoria y fama de mí» a través de alguna gran gesta descubridora. Fue justamente la derrota y la muerte de Almagro lo que le dio la oportunidad que andaba buscando. En 1535, Almagro había emprendido una expedición de conquista al sur de Cuzco, a través del inhóspito desierto de Atacama. La historia lo recuerda por ello como el descubridor de Chile, pero lo cierto es que su aventura resultó un fracaso, pues los expedicionarios volvieron diezmados y sin haber hallado el oro que buscaban. Lejos de desanimarse, Valdivia obtuvo de Pizarro la autorización para emprender la conquista de aquel territorio al sur de Perú.
Conspiraciones y rebeliones
Una nueva ciudad
Cuando Santiago tenía apenas unos meses de vida, los indios picunches la asaltaron y saquearon completamente. «Mataron 23 caballos y cuatro cristianos, y quemaron toda la ciudad, la comida, la ropa y cuanta hacienda teníamos. Nos quedamos con los andrajos que teníamos para la guerra y con las armas que a cuestas traíamos», escribió Valdivia. Los españoles reconstruyeron la ciudad, esta vez con casas de adobe en vez de madera y paja. Cuando los indios volvieron a atacarla, Inés Suárez hizo decapitar a siete caciques apresados por Valdivia y expuso las cabezas para aterrorizar a los atacantes.
La llegada de víveres y refuerzos desde Cuzco permitió enderezar la situación en Santiago, y Valdivia pudo pensar en proseguir su exploración hacia el sur con el objetivo de alcanzar el estrecho de Magallanes. En 1546 organizó una expedición con 60 jinetes y 150 porteadores indios que lo llevó hasta el golfo de Arauco, 500 kilómetros al sur de Santiago. Allí fueron atacados por sorpresa por miles de indios que se mostraron especialmente temibles. «Vinieron sobre nosotros tres escuadrones de indios, que pasaban de veinte mil, con un alarido e ímpetu tan grandes que parecían hundirse en la tierra y comenzaron a pelear muy reciamente. Tras treinta años de luchas con diversas naciones, nunca he visto tal tesón en la batalla como éstos tuvieron contra nosotros», recordaría Valdivia. Aunque rechazaron el ataque, los españoles decidieron retirarse a Santiago. Habían llegado al río Bío-Bío, la frontera del territorio de los indios mapuches, a los que los españoles llamaron araucanos. Fue el primer choque con un pueblo que durante más de tres siglos presentaría una resistencia feroz a los colonos de origen europeo.
Gobernador de Santiago
En 1547, Valdivia hizo un viaje a Perú en el que logró que lo confirmaran como gobernador y capitán general de Chile, aunque sus enemigos convencieron al virrey La Gasca para que le impusiera una dolorosa condición: separarse de su «amancebada» Inés Suárez, que sin pérdida de tiempo se casó enseguida con otro conquistador. A su vuelta a Santiago, en 1550 el flamante gobernador organizó una nueva expedición hacia el sur, a fin de fortificar y colonizar el territorio de los mapuches. Éstos trataron de expulsar por la fuerza a los invasores, reuniendo grandes masas de hombres, pero la superioridad del armamento europeo era flagrante; frente a sus corazas,
arcabuces y caballos europeos, los indígenas tan sólo oponían largas lanzas, mazas y flechas con punta de piedra. De este modo, el primer gran choque, en Andalién (1550), se saldó con la muerte de entre 1.500 y 2.000 indios por un solo español; a 200 cautivos se les cortó la nariz como castigo.
Sin embargo, cuando más desesperada era su situación, los mapuches encontraron un líder que les dio durante varios años importantes éxitos. Se llamaba Lautaro, tenía apenas veinte años y había pasado gran parte de su vida como paje al servicio de Valdivia tras ser capturado por los españoles, lo que le permitió aprender las técnicas bélicas europeas, incluidala monta de caballos. Hastiado por las brutalidades cometidas sobre su pueblo, Lautaro se escapó y fue elegido por los suyos para rechazar a los invasores.
arcabuces y caballos europeos, los indígenas tan sólo oponían largas lanzas, mazas y flechas con punta de piedra. De este modo, el primer gran choque, en Andalién (1550), se saldó con la muerte de entre 1.500 y 2.000 indios por un solo español; a 200 cautivos se les cortó la nariz como castigo.
Sin embargo, cuando más desesperada era su situación, los mapuches encontraron un líder que les dio durante varios años importantes éxitos. Se llamaba Lautaro, tenía apenas veinte años y había pasado gran parte de su vida como paje al servicio de Valdivia tras ser capturado por los españoles, lo que le permitió aprender las técnicas bélicas europeas, incluidala monta de caballos. Hastiado por las brutalidades cometidas sobre su pueblo, Lautaro se escapó y fue elegido por los suyos para rechazar a los invasores.
Un terrible final
En 1553, los mapuches destruyeron un fuerte español al sur del Bío-Bío, después de ahuyentar a su guarnición. Valdivia acudió al lugar, Tucapel, al frente de 42 soldados y un contingente de indios yanaconas, con la intención de reconstruir la fortaleza, pero cuando atravesaba un bosque se vio rodeado por miles de mapuches. Lautaro los organizó en varios grupos compactos y los lanzó en oleadas sucesivas sobre los españoles. Sin tiempo para recuperarse entre un asalto y el siguiente, los españoles fueron cediendo hasta ser masacrados totalmente. Tan sólo Valdivia y un fraile fueron capturados con vida. Todos los cronistas aseguran que Valdivia fue ejecutado tras sufrir terribles torturas. Según la que recoge Góngora Marmolejo, los indios llevaron a Valdivia a orillas de un lago, le quitaron la ropa y con unas cáscaras de almeja le cortaron los músculos de los brazos desde el codo hasta la muñeca, los asaron y se los comieron. Luego lo decapitaron.
Sergio Pinto. Historiador
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